“- Esta es la unión que trazo hoy entre vosotros: aunque vuestras mentes o vuestros cuerpos se separen, siempre habrá un vínculo entre los dos,
una llamada en lo más íntimo de vuestro ser que nada ni nadie, salvo el otro, podrá contestar.”
(McKillip, P.A., “Las bestias olvidadas de Eld”)
.
Y así es como en una novela fantástica juvenil encuentras la descripción del vínculo D/s.
.
No soy yo de romantizar y tintar de mística el BDSM.
No me gusta el tufillo pretencioso, ese snobismo de lo erótico que a veces desprendemos, esa superioridad de lo nuestro sobre «lo otro» que algunos defienden tan convencidos y orgullosos. Como si no hubiese bedesemerxs sexualmente sosísimos, intolerantes, llenos de tabúes -pero tabúes con kinks ajenos, por supuesto-, inmersos en prejuicios… Como si no hubiese relaciones bedesemerxs de las llamadas tóxicas (que está muy de moda), consensos que no son más que consentimientos viciados, vínculos efímeros y febles, consumo de cuerpos y afectos, sed indiferente de dopamina…
Jamás (creo) he dicho, ni diré nunca (espero) que una relación vainilla sea menos intensa, menos profunda, menos sólida que una D/s. Estoy rodeada de relaciones vainilla que me han puesto los estándares muy altos.
Pero sí creo que tenemos las herramientas para que una D/s lo sea. Todo eso, intensa, profunda, sólida… y mucho más. No más que las otras, solo más que aún no dije (y que las otras también pueden, ya lo he dicho bastante, no voy a repetirlo más: las otras también, pero yo hablo de las mías).
En teoría, -y según determinó algún estudio también frecuentemente en la práctica-, aquí se supone que las cosas no se dan por sentado, que todo se trabaja y amasa de forma explícita, los papeles sobre la mesa, los cuerpos desnudos, los miedos francos… Que en teoría podemos hacer de nuestras relaciones un camino de descubrimiento del yo y del otro.
Presumimos de tener, y yo creo que en principio las tenemos, las herramientas precisas para que en nuestros vínculos abunde el mutuo cononocimiento descarnado y sin tapujos. Ese que permite explorar lo oscuro y escarbar en nuestros barros, y del que puede nacer una confianza templada en el arriesgado ejercicio de exponer a la luz y compartir lo más íntimo. En poder SER con el otro. En sabernos VISTOS por el otro. En VERLE tal y como es. SER, VER y SER VISTOS de verdad. Sin los velos y prudencias que a veces vestimos para evitar asustar a quien nos acompaña, porque aquí no hace falta. Es más: aquí estorban.
Se supone, en teoría, que aquí se propicia todo eso. La comunicación honesta de lo que verdad ansiamos y tememos. La comunión de las fantasías y deseos. El vuelo compartido.
En teoría… Otra cosa es que usemos esas herramientas o no, claro. O que las usemos bien. Y que no se nos tuerza el destornillador por accidente y nos lo clavemos en la palma. Todo puede pasar.
El caso es que no voy a decir que en una D/s de por sí, por el simplemente hecho de ser una relación vertical, vaya a darse todo esto. Tan intensito… Ni que la verticalidad en sí por definición vaya a tener un efecto mágico sobre los implicados. Cada cual vivirá sus experiencias con sus cosas, sus decisiones, sus compromisos, sus mochilas… No todas las D/s son iguales. Ni todo el mundo está abierto a ponerle poesía a lo cotidiano (ni tiene por qué).
Yo sólo digo que yo las vivo así: a mi me pasa todo eso.
Hasta ahora, así lo he vivido cuando he tenido la fortuna de poder dejarme caer y diluir en una D/s.
La unión que me une a mi Amo me provoca el efecto que en la novela se describe: Aunque nuestras mentes o nuestros cuerpos se separen, siempre hay un vínculo entre los dos, una llamada en lo más íntimo de nuestro ser que nada ni nadie, salvo el otro, puede contestar.
Le siento, le veo, le percibo cuando no está, como una presencia fantasma que engaña a la materialidad de mis sentidos.
No pasa de repente, claro. Es un milagro lento que se va gestando en los días y las noches, en los silencios y las risas, las confidencias, los desencuentros y las superaciones… cuyo resplandor se fortalece poco a poco. Como el vínculo. Como los eslabones de la cadena, que empiezan siendo promesas de lo que un día serán, al principio pedacitos frágiles y escasos. Una mirada ajena que crece tras mis párpados, un abrazo bajo mi piel, una compañía, una sombra continua, una resonancia de su voz en mis oidos… Está siempre conmigo. Estoy allí con Él.
No soy yo de romantizar y tintar de mística el BDSM, pero así lo vivo, aunque incluso a mi me suene cursi y medio empalagoso aquí explicado.
O será el mono de dopamina.
.
lena
propiedad de DragonRojo
.
.
.
.
.

Comentarios